A este ruido tan huérfano de padre.
Todo el conocimiento humano, todo, se ha adquirido a través de la observación. Y últimamente estamos tan ocupados con basura que ni a nosotros mismos nos observamos.
Una pregunta interesante que ha generado mucho debate en la filosofía es si las matemáticas son un descubrimiento o un invento.
Uno más uno son dos. De algo tan sencillo surge todo un lenguaje que, bien formulado, encuadra toda observación que hemos adquirido como especie.
¿Dónde colocamos al observador? Es una pregunta básica en física, olvidada con los años y, tras un breve coqueteo con la epistemología, la meditación y la fe, con los primeros problemas de la vida, aprendemos a colocarlo dentro.
Tener un perro me resolvió la vida durante mucho tiempo. No solo por el amor que esa experiencia proporciona —uno de los más gratificantes que se pueden vivir: un amor sin condiciones, que perdona y que es único, pues solo a ti te aman verdaderamente—, sino también porque te transforma.
Además de generar cambios hormonales importantes, te da espacio para cambiar de hábitos, y eso es una de las cosas más interesantes: yo perdí unos 40 kilos.
En conjunto, existen pocas cosas que te aporten tanto por tan poco.
Pero volvamos a nuestro autoconocimiento: ¿qué más podemos aprender de nosotros mismos?
Casi todo. Y la confirmación de nuestra cordura no solo se logra meditando o con mindfulness, sino escribiendo —aunque sea un diario—, paseando, respirando, tomando el sol, ejercitándonos, escuchando música… Un etcétera compuesto únicamente de salud.
Todo gratis. Todo lo que evita la gran droga de nuestro tiempo: el scroll infinito de estupideces y sandeces que a veces pueden secar la única neurona sana que aún nos queda.
Por eso, al ruido hay que ponerle orden; la mejor disciplina no es la impuesta, sino la que elegimos.
Otro verso más sabio que una Biblia. Otro.

